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Leonor Marzano, la mujer que cambió Córdoba con sus manos

Hace 99 años nacía la madre creadora del cuarteto. En el día de su aniversario, repasamos su vida desde la óptica de su hija, Marta Gelfo, quien la conoció más que nadie.

La cuna musical de Leonor

Si bien el cuarteto es marca registrada de Córdoba, sus raíces tienen un origen no muy lejano en Santa Fe. Allí, un 24 de octubre de 1921 nació Leonor Marzano, única hija de Augusto Marzano y Josefa Bonesso, una familia que se ganaba la vida gracias al ferrocarril. Cuando su mamá muere, se trasladan a Cruz del Eje y más tarde a Córdoba Capital, motivados por la pasión de su padre, que tocaba la flauta y el contrabajo en una orquesta llamada “Los Bohemios”. 

La llegada a la ciudad despertó el interés de Leonor por la música, que la llevó a meterse a estudiar al Conservatorio del Carril. ¿Por qué piano? En esa época, era habitual mandar a las hijas mujeres a tocar ese instrumento desde muy niñas, pero para ella, que se había criado entre acordes y sonidos populares, se convirtió en una pasión.

Más de ocho años de estudio, un título de profesorado y una especialización en piano y solfeo, le dieron los conocimientos suficientes para experimentar con algunos ritmos que le resultaban conocidos. Imitando los tonos del contrabajo de su padre, mezcló las raíces del paso doble español y la tarantela y creó el famoso “tunga tunga”. En ese momento era solo una adolescente, pero su invento marcaría la historia de una provincia para siempre. La década del 30 en esa Córdoba que crecía de la mano de los inmigrantes italianos y españoles, hicieron que ese sonido resultara conocido y amigable al oído.

El popular Cuarteto Leo

Augusto vio una característica única en ese estilo que había creado Leonor. Era alegre, pegadizo y, sobre todo, bailable. Ya alejado del ferrocarril, había decidido irse de su banda para que su hija no pasara tanto tiempo sola. Ahí es cuando conoce al músico Miguel Gelfo, quien se enamoró perdidamente de ella.

“Mi abuelo tenía un Ford 38 y lo llevaba a arreglar a Humberto Primo y Jujuy. Un día lleva el auto a probar, y el probador era mi papá. Mientras daban una vuelta él le cuenta que tocaba el acordeón y lo invita a participar de la orquesta, ahí la conoció a la mami”, explica Marta Gelfo, al recordar como comenzó la historia de amor y música entre sus padres.

El 4 de junio de 1943 el Sensacional Cuarteto Leo debuta en el auditorio de la radio LV3. Era la primera vez que tocaban en público y todos quedaron asombrados. Una mujer de 22 años tocaba el piano y hacía saltar los dedos en las teclas como nadie. En seguida comenzaron a sonar los teléfonos para las contrataciones. El primero en hacer la oferta fue Las Pichanas, un pequeño paraje del departamento San Justo, a unos 200 kilómetros de la capital.

El boca en boca empezó a correr en los pueblos de la zona. Todos querían conocer a “la señora que tocaba el piano”, que ocupaba un lugar predominante en el escenario: de manera transversal, nunca de espaldas, para que el público viera sus manos moverse.

Entre viajes por caminos de tierra y noches jugando a las cartas, nació el amor entre Leonor y Miguel, que en 1945 se casaron. Cuando Augusto se hizo más grande, el yerno tomó la batuta de la orquesta, que para ese entonces ya era un éxito en el interior.

“Ella se llevaba tres bolsas de agua caliente, una para la panza, otra para la espalda y otra para los pies, iban en unos colectivos sin vidrios, se morían de frío. Pero a mi mamá le encantaban las giras, lo hacía con un amor”, añora.

Leonor mamá

La pionera del cuarteto no abandonaba su piano ni siquiera estando embarazada. En 1947, llega Marta a la familia y tres años más tarde lo haría Eduardo. Leonor siguió tocando incluso hasta un mes antes que nacieran sus hijos. Después, su lugar fue ocupado temporalmente por el pianista Cesar Malé.

En la época de mayor éxito de la banda, la pareja trabajaba de lunes a lunes, por lo que los chicos quedaban a cargo de una vecina, hasta que a los 14 años Marta se hizo cargo de la casa y de su hermano. Ellos llegaban de los bailes, dormían dos o tres horas y salían de viaje de nuevo. “Ella siempre tenía una gran sonrisa, a pesar de los sacrificios que hacía por estar lejos de su casa. Siempre fue una dulce con nosotros”, recuerda

¿Cuál es tu recuerdo de Leonor como mamá?

A la mami no le gustaba hacer nada de la casa, menos cocinar. Sin embargo fue una buena madre y siempre nos defendió, ella vivió para mi y para Eduardo. La extraño tanto, a veces me despierto pensando que le tengo que cambiar los pañales. 

¿Cómo era el ritmo de la casa?

Fuimos muy familieros, estábamos siempre juntos. Durante la semana venía mucha gente a casa a ver a mi papá, gente de campo que quería contratarlos. Los domingos salíamos a cenar y almorzar siempre. Vivíamos en Barrio Los Paraísos y a veces tocaba el timbre un grupo entero del interior y les tenía que hacer de comer a todos. Después Eduardo creció y se metió a la banda, y ahí yo pasé a encargarme de los contratos y los trámites, hacía toda la parte administrativa como ir a Sadaic o al Sindicato de músicos. En el verano nos íbamos de vacaciones a Mina Clavero, a Huerta Grande, siempre juntos. En el año 90 fallece mi papá y con mi hijo y mi mamá seguimos inseparables viviendo en la misma casa.

¿Cómo se llevaban Leonor y Miguel?

Eran la pareja perfecta, se llevaban bien y compartían ese amor por la empresa familiar. Mi papá era jodido, de carácter fuerte, había que hacer lo que él decía. Pero mi mamá lo sabía llevar. A pesar de ser de escorpio, era una mujer muy dócil, tranquila y se vivía riendo. De esas personas que no se hacen problema por nada. Cuando hacían los bailes en el campo, mi papá se ocupaba de buscarle sapitos a la mami para que comieran los bichos y no la molestaran cuando ella tocara el piano, eso es amor.

El retiro

Un hecho familiar marcaría la decisión de Leonor para retirarse de los escenarios. “El día que nació Martín, estábamos todos en mi casa y ella nos dijo, voy a dejar de tocar, a partir de ahora quiero dedicarme a mi nieto“, explica Marta sobre el nacimiento en 1969 de su hijo con Carlitos Rolán (uno de los cantores más destacados que tuvo el conjunto), primer nieto de Miguel y Leonor.

Sin embargo, a pesar de embarcarse de lleno en su papel de abuela, ella nunca se alejó de la banda, a quien consideraba como un hijo más. Desde su casa, se dedicó a seguir componiendo canciones junto a su marido y a su yerno, que vivía en un departamento al fondo del patio. Se la pasaban horas y horas sentados los tres al lado del piano. “Mi papá le silvaba el tema y ella, que tenía teoría musical encima, escribía”, recuerda.

“Después de dejar los bailes la mami se vino un poco abajo. Me decía, extraño tocar el piano, ir a los bailes, y se le caía una lagrimita”. Después de más de 25 años de giras por distintas provincias, estaba cansada, pero seguía sintiendo esa añoranza y extrañaba mucho”.

Y de esos viajes en colectivo, impulsada por los músicos, adquirió el hábito de fumar, que se fue profundizando en sus años de abuela casi como un “desahogo”.  Fumaba mucho. “Cuando murió le encontré etiquetas encanutadas de Le Mans suave, sus preferidos. En sus últimos años lo que más hacía era ver televisión y fumar”, explica su hija, sobre la causa de los problemas en los pulmones sobre el final de su vida.

El 12 de enero de 1993, Leonor Marzano dejó este mundo para convertirse en leyenda. Su legado continúa en la sangre de cada cuartetero que siente el tunga tunga con el mismo amor en cada paso que ella le ponía al toque de su piano saltarín.

Fuente: Cuarteteando

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